La derrota electoral es una sensación de vacío que cuando se evalúa permite entender que quizás, se dejó de hacer algo, que se hizo algo de más y falló, o que la estrategia que sumó puntos no generó el impacto deseado. Y es que, al final, el humano es quien decide y cuando decide un ser humano pasional, lo errores afloran y se rompen expectativas, estrategias, pronósticos y sueños de poder.
Perder no es un buen negocio para quien busca servir, pero sí para quienes a través de elecciones capitalizan su vida, y de esos hoy, hay un par por ahí.
“Lo que queda después de perder, es la espera de cuatro años eternos”.
La elección de 1995 dejó ese sabor amargo en mi boca, estaba convencido que se podría haber ganado, es más, sigo convencido.
Lo que queda después de perder, es la espera de cuatro años eternos que deben enfrentarse de cara al sol, y muy poca gente lo enfrenta por la vergüenza que representa el no haber sido el elegido por la gente.
Esta actitud no apareció en Alfonso, por el contrario, el siguiente sábado después de la elección me llama a mi casa y me invita al Estadio Cementos Progreso a ver un juego de futbol, su expresión fue, “no tengo por qué esconderme, pierde quien se arriesga mi hermano, vente conmigo al juego”, y ahí lo llegué a saludar. Alfonso iba vestido con pantalón de lona, saco a cuadros y botas, el nuevo look de la campaña de 1999.

Ese día no hablamos de lo que había pasado ocho días antes, no se habló de lo que había dolido la derrota, mucho menos de los errores cometidos, ese día se enfrentó una realidad con todos los reflectores enfrente porque, al medio tiempo, la prensa lo abordó y arrancó ahí la próxima elección.
Vean ustedes lo que este servidor en 1995 creía en el personaje principal. Creía tanto en Alfonso que durante esos 54 días que duró la segunda vuelta electoral, nunca me presentó con la cúpula partidaria, no conocí a ninguno de los miembros de sus equipos, jamás tuve contacto con la cúpula del Frente Republicano Guatemalteco FRG, en las giras de los fines de semana, los dirigentes aislaban al candidato, lo llevaban a comer a donde ellos creían, lejos de la gente y lo mostraban únicamente en mítines, que era el espacio en donde, por primera y única vez, he visto que se puede trasladar el voto y la confianza. Explico a detalle este fenómeno.

El General Efraín Ríos Montt era el aspiracional que la gente reclamaba. Desde la elección de 1974 había quedado una insatisfacción electoral porque este líder había sido limitado y, por alguna razón, no había salido a reclamar la victoria a las calles como se lo pedía la base social, por el contrario, salió a España y el país siguió su rumbo.

Era 1995, 19 años después, la gente reclamaba a Ríos Montt en el poder, pero el artículo 186 de la Constitución no le permitía ser candidato presidencial por haber encabezado el golpe de 1982.
Por eso la negociación política que se da en el congreso de 1993 y que encabezo Leonel Soto Arango. La única forma de endosar un voto duro y consciente es cuando la persona elegida, en este caso Alfonso, supera en el discurso a quien lo propone.
El General Ríos Montt lo sabía y por eso el en discurso decía: “miren pues, a mí no me van dejar participar, pero no se preocupen, soy respetuoso de la ley porque no robo, no miento y no abuso, pero lo que no saben es que en el FRG tenemos un candidato que sabe lo que yo quiero, que es lo usted quiere, y ese es Alfonso Portillo”. La gente escuchaba a Alfonso y asentía con certeza, no es el general, pero es lo que yo quiero.
“El mercado político está lleno de dos cosas: pasión y razón”.
Cuando hago la evaluación de esa campaña, entiendo perfectamente que el mercado electoral está lleno de dos cosas, pasión y razón.
Todo en el campo de la comunicación política me enseña que la percepción es la esencia pública de la política y, por lo mismo, hay que decir bien las cosas. Hay que preparar la racionalidad que, en este caso, se ejecutó en la primera vuelta “Ríos Montt al poder, Portillo a la presidencia”.
En la segunda vuelta, que es la etapa que a mí me encarga Alfonso, la marca ya estaba colocada y, sin entenderlo así, porque es mi verdad, se compitió con un concepto pasional que era “Por ti mi Guatemala, Portillo votaré”.

La mesa estaba servida para el año 1999, yo tenía 34 años, y había que prepararse para enfrentar ese reto.
Imagen de encabezado: Prensa Libre (1999)