Desde 1985 los guatemaltecos hemos querido conocer el sabor de la democracia, sabor que nos venden los países desarrollados y que, sin duda, apresura los tiempos en que debe madurar la sociedad.
La democracia, para instalarse en esos países, ha tenido que pasar un sin fin de vicisitudes. En cambio, en Guatemala creemos que este método llamado democracia, solo con decir que existe ya se instaló, ya funciona y todo debe hacerse como la ley manda, pero en letra muerta. Nada más falso cuando las condiciones de vida cotidiana de la mayoría de la gente no se encuentran a la altura de la dignidad de la cultura milenaria que en realidad somos.
“Hablar de la democracia y no incluir personas es un craso error”.
La democracia en Guatemala es un experimento de aceleración de culturas que, desde mi punto de vista, está fracasando, periodo tras periodo, acto tras acto y ley por ley.
Hablar de la democracia y no incluir personas es un craso error porque al final, detrás de los manejos institucionales, hay personas. Detrás de los procesos, hay gente pensando, operando, errando y enmendando.
Vinicio Cerezo fue el primer comandante general del estado de Guatemala en 1985, la esperanza y primera gran oportunidad perdida. Decirlo así es duro y frío, pero fue el primer periodo democrático que desgarró la confianza del electorado. Un desgarre de la confianza que se ha construido de manera interesada. Pero es normal ese desgarre de la confianza porque, desde la técnica del descaro, se ha querido hacer, haciendo creer a las grandes mayorías de la sociedad lo “normal” que es tomar dinero público para beneficio personal, propio y lo “normal” que resulta prostituir la institucionalidad.
Siendo esto así y, después de esa primera mala entrega democrática de 35 años “de lo mismo y para lo peor”, con izquierdas y derechas en la alternancia de la controversia, en donde la gente se pregunta y continúa preguntándose ¿qué gano con la democracia, con la república, con la construcción de la paz y con el respeto a la ley?
“Nuestra Carta Magna es casi perfecta”.
Aunque siempre he creído que tenemos una Constitución Política a la que hay que hacerle cambios, también creo que, para el escenario de los sueños de Walt Disney, nuestra Carta Magna es casi perfecta. Algunos ejemplos a continuación:
Artículo 3o. Derecho a la vida. El Estado garantiza y protege la vida humana desde su concepción, así como la integridad y la seguridad de la persona. Si cumpliéramos este artículo y respetáramos la ley, no tendríamos una producción de 48 niños de cada 100 que nacen con el flagelo de la desnutrición. Artículo 33. Derecho de reunión y manifestación. Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. Los derechos de reunión y de manifestación pública no pueden ser restringidos, disminuidos o coartados; y la ley los regulará con el único objeto de garantizar el orden público. Las manifestaciones religiosas en el exterior de los templos son permitidas y se rigen por la ley. Para el ejercicio de estos derechos bastará la previa notificación de los organizadores ante la autoridad competente.
“Nuestra democracia tiene sabor a desconsuelo, dolor, tristeza, abandono y desesperanza”.
Si tan solo hubiéramos cumplido con el artículo 33 de nuestra Constitución, no hubiéramos visto los rostros de terror del martes 19 de octubre de 2021 en el Congreso de la República y los rostros de hace un año justo en el mismo lugar, supuestamente por grupos de corte de pensamiento distinto. La pregunta es ¿cuándo la violencia montonera llega ¿no se convierten en lo mismo?
Nuestra democracia tiene sabor a desconsuelo, dolor, tristeza, abandono y desesperanza. Cuando mezclamos las promesas no cumplidas con la suma de resentimientos de los últimos 35 años llega a convertirse en la histeria que, cuando es colectiva, se convierte en animal y destructora.
Los políticos tradicionales han usado la promesa del resarcimiento económico para alcanzar el poder, y han usado todos “el instrumento de la paz”, como caballito de batalla en busca de crear balance entre el resarcimiento por ser víctima o héroe de guerra.
“Si la histeria colectiva se apodera de la democracia, veremos caer la estabilidad de los que son pocos ganando mucho”.
Es triste entender que se juega con el sentimiento y la necesidad de la gente, de gente que en verdad, cree que hizo lo correcto, gente que de manera absurda es manejada por mentes diabólicas que tan solo buscan el desasosiego social porque entienden que, también provocar inestabilidad, del lado que sea, es negocio, un negocio que le resulta muy, muy rentable.
Si la histeria colectiva se apodera de la democracia, veremos caer la estabilidad de los que son pocos ganando mucho, de quienes hoy producen el Producto Interno Bruto (PIB), y eso sería letal para la nación porque, en realidad, lo que toca es encontrar el equilibrio para compensar las diferencias históricas.
Nuestro problema es económico y urge la generación de la oportunidad personal, para crear una política de “ganar-ganar”, que sea capaz de convertirse en una oportunidad comunitaria para encontrar juntos y de manera integral, el desarrollo económico de nuestros pueblos.
Concluyo con este otro artículo de nuestra Constitución:
Artículo 51. Protección a menores y ancianos. El Estado protegerá la salud física, mental y moral de los menores de edad y de los ancianos. Les garantizará su derecho a la alimentación, salud, educación y seguridad y previsión social.
Este es el ideal, un país en donde seamos capaces de formar niños y de dignificar a nuestros ancianos.
Vaya país el que tenemos y con el que soñamos.
Imagen principal: El Periódico (2021)