El 7 de noviembre de 2003 no fue un domingo común. En Guatemala, se llevaba a cabo la primera vuelta electoral en donde el general Ríos Montt del FRG, Oscar Berger de la GANA y Álvaro Colom de la UNE iban al balotaje final, la gente decidía quién ganaba la primera vuelta y quienes competían en la segunda.
El viernes 5 de aquel noviembre de 2003, tuvimos la última reunión estratégica y de logística con el equipo central del candidato Álvaro Colom, en donde se decidió qué hacer el domingo de la elección. Eso implicaba la hora a la que se presentaba a emitir el voto, en qué lugar permanecería durante todo el día, cuál sería su línea de discurso a la hora de ser abordado por la prensa en la emisión del voto, cuál sería la comitiva que lo acompañaría; en fin, un sin número de detalles que requiere la planificación de ruta.
“Quiero estar solo en el puerto”, decía el candidato. Había que darle gusto, había trabajado jornadas muy intensas, con horarios interminables, los números decían que estaba en segunda vuelta y, ese pequeño detalle que representa poder, hizo imposible el deseo del candidato.
Los operadores económicos empezaron a hacer su trabajo, había que copar al candidato porque, estando en segunda vuelta, y al ritmo que subía en los números de preferencia electoral Oscar Berger, el consentido del sector económico, estaba en riesgo y había que acomodar piezas para evitar contingencias que pudieran estar fuera del alcance de sus manos.
“Las campañas políticas no se ganan, se pierden. Las gana el que menos se equivoca.”
Esa alegría que ustedes logran observar en mi rostro en la foto de portada de este artículo, es de victoria. Esa foto fue tomada en uno de los pasillos de las habitaciones del Hotel Tikal Futura, justamente saliendo de la habitación que se había rentado para el evento después del anuncio oficial del Tribunal Supremo Electoral, en donde declaraba a Colom como el acompañante de Berger en la segunda vuelta.
Salimos de la habitación y la prensa estaba, como siempre, atenta e informada del lugar en donde estaba el candidato. Había que dirigirse al centro de cómputo y a las salas de prensa para poner la cara. La felicidad de ese día en mi vida, en el campo profesional, era inmensa.
La comunicación es un arma poderosa y aquí lo puedo demostrar con un ejemplo simple y vivencial. En 1999, cuando ganamos la campaña con Alfonso Portillo, el triunfo fue bonito, se sintió de manera natural, era lo que debía pasar. El FRG contaba con un candidato de primer nivel, Alfonso comunicaba perfectamente, se tenía una estructura organizacional de tierra aceitada, fuerte y la dirigencia estaba bien apoyada financieramente. En 1999, se cumplía con el triángulo del triunfo, un buen candidato, un buen partido y financiamiento. Pero en 2003, era todo lo contrario, esta campaña fue de milagros económicos para poder mover al candidato. Colom tenía problemas físicos para comunicarse con claridad y la dirigencia era pichona en la toma de decisiones y, para muestra un botón.

El candidato junto a una comitiva pequeña es invitado al siguiente día de ganar a visitar Miami, esa comitiva la integraba Álvaro, su esposa, la hija de la esposa, Fernando Monroy y su servidor. Ahí se tuvieron reuniones con operadores económicos que le aportaron a la segunda vuelta de Colom, no solo le aportaron recursos, también le aportaron errores que causaron la derrota.
Colom estaba en pleno crecimiento, el tono y manera de la comunicación le había gustado a la población, lo único que había que hacer era seguir haciendo y diciendo lo mismo, pero no fue así.
Al retorno, llega Álvaro a mi oficina a contarme que a su esposa le habían dicho que Hugo Peña no iba a dar la talla para dirigir esa segunda vuelta electoral y que necesitaban a un estratega de otro nivel.

Ese día admiré mucho más a Álvaro como persona, no lo entendí como político, pero si como esposo, había que enfrentarme y decirme… te vamos a sustituir. Se sentó frente a mí, saco un cigarrillo, lo encendió, cruzo la pierna como siempre lo hacía y lo dijo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y a él también, “aquella ya se comprometió”, me dijo, “y te pido que lo entiendas”. Esa victoria la sentía mía y por eso dolió, pero fue un error craso de la dirigencia de la UNE y un acierto estratégico para quien dirigía la campaña de la GANA.
Dos días después de estar separado de la campaña apareció en mi oficina una persona que me fue a entregar el Manual de Campaña para la segunda vuelta electoral de la Gran Alianza Nacional GANA, y en el primer punto de la ruta estratégica decía literalmente: “Eliminar de la campaña de la UNE a Hugo Peña como operador de la misma”. Quedé sorprendido, mudo y ciego, aunque siendo consciente que, en las campañas políticas, siempre hay alguien pensando de manera negativa para que sume de manera positiva.
La Gran Alianza Nacional GANA había conseguido su objetivo y el resultado ustedes lo conocen. Don Oscar, a quien respeto y admiro como persona, ganó la elección de manera fácil, la UNE no metió ni las manos en la segunda vuelta electoral.

Por eso, en una campaña política cuando alguien recomiende algo con lo que supuestamente agrada o suple necesidades, deténganse y piensen porque siempre hay gato encerrado.
Las cicatrices del corazón siempre sanan, el tiempo transcurre y siempre hay un momento en política para recordar daño y resarcir vidas. Esta historia confirma que las campañas políticas no se ganan, se pierden. Las gana el que menos se equivoca.
Imagen principal: Prensa Libre, 2003































