La pérdida del ego

La campaña de 1999 fue sin duda un flan de momentos agradables. Lo califico así, porque en realidad me dediqué exclusivamente al área de la comunicación, lejos de la decisión y los problemas de la política y en una nube en donde me mantenía muy cómodo con el arropado del candidato. A tal extremo que fui convocado por el Comité Ejecutivo Nacional del FRG encabezado por el General Efraín Ríos Montt para rendir un informe del desarrollo de la campaña y, a la vez, para recibir la instrucción por parte de ellos para la realización de un spot de televisión en donde aparecieran junto al candidato. Imaginen ustedes aquel grupo de políticos experimentados, hambrientos de poder, con la ganancia en la bolsa y la arrogancia en el corazón.

Me presenté tal y como el candidato me sugirió, informé y nunca me comprometí a hacer el spot porque por simple que parezca, el candidato no lo necesitaba. Así como iba la campaña, así seguiría.

“Todos en política, por importantes o pequeños que sean, merecen una estrellita en la frente”.

Esta pequeña decisión provocó que en el partido y al seno de la familia que lo gobernaba, el clima en mi relación con ellos tomara distancia, y se estableciera una relación de frialdad. La enseñanza es muy sencilla, todos en política, por importantes o pequeños que sean, merecen una estrellita en la frente. Ese fue un error craso porque la gente en política segmenta, divide y tarde o temprano, encuentra en la venganza la manera cordial de decir que no.

La elección final se dio el 26 de diciembre de 1999. Ese día sentía que había tocado a Dios con las manos sucias, en mi pecho no cabía la humildad como principio, solo pensaba en el aura de la que supuestamente estaba rodeado. Nada más falso que esa sensación de poder, en donde de manera estúpida caes envuelto en la inocencia de la adulación y el engaño. Esa navidad recibí en mi oficina una inmensa cantidad de regalos entre licores y canastas de navidad, y era normal, no en vano, los operadores de campaña me veían bajar de la camioneta principal, era la espalda del candidato más popular y próximo presidente.

“Aprende a decir que no y piensa cómo quieres salir”.

A las 23 horas y 17 minutos de ese domingo 26 de diciembre de 1999, lo declaran Presidente electo, estaba solo con él en la suite presidencial del Hotel Hyatt (hoy Grand Tikal Futura Hotel), nos abrazamos y caímos de rodillas a la alfombra, lloramos, y recuerdo perfectamente mi mensaje en sus oídos: “aprende a decir que no y piensa
en cómo quieres salir”.

A los dos minutos, la situación cambió radicalmente, se inundó la sala de gente que jamás había visto en campaña, el Estado Mayor de la Presidencia tomó el control de su seguridad, la agenda y de todo.

Imagen: Prensa Libre (1999)

Yo le decía Chito al presidente electo, era tan cercano que, por circunstancias de la vida y de la política, en 14 días estaría fuera de la casa presidencial, con una mano adelante y una atrás, y con el celular en silencio porque dejó de sonar.

Juan Francisco Reyes López ya siendo Vice Presidente (QEPD), quizá sea el único político que he conocido al que todo el mundo crítica, pero que todo el mundo necesita. Agudo en sus relaciones, con poca empatía pero con la claridad mental necesaria, trabajador y constante, así es como recuerdo a Paquito, porque fue el único que me dijo verdades durante la crisis que tuve en mi vida en aquellos días.

“En política no se merece Huguito, en política se pide”.

Todos sin excepción estaban pensando a quien ponían en un puesto y como cobraban el favor, y recuerdo cómo, después de un lío terrible en el despacho presidencial del cual Jorge Atz fue testigo, me fui de casa presidencial pero, antes de salir a la calle, en el callejón Manchén Paco me tomó del brazo con autoridad y después de horas de catarsis, me enseño quizá la frase más dolorosa pero real de mi vida: “en política no se merece Huguito, en política se pide”.

Ahí entendí muchísimas cosas, entendí y sufrí de manera carnal las conspiraciones y venganzas. Y aunque hay mucho que decir y mucho que contar, ya habrá tiempo, con nombres y apellidos y, explicar cada hecho, cada personaje y cada interés que se afloraron en aquellos días, lo más importante es que entendí que el ego solo enferma y no ayuda a ser una mejor persona.

En ese momento, me desprendí de todo afán, mi único refugio fueron mi esposa, mis hijos y a comenzar de nuevo.

“No contraten a Hugo, el Presidente se va a molestar mucho si lo hacen”.

Tras mi salida, me empiezan a llamar ministros amigos para que trabaje para ellos y los asesore en temas de comunicación pero, ¡oh sorpresa!, a la semana ya no se podía porque una poderosa voz femenina de alguien que parece buena gente decía: “no contraten a Hugo, el Presidente se va a molestar mucho si lo hacen”.

Yo conocía el corazón del presidente y estoy seguro que ni enterado estaba de esas acciones, porque la gente opera sin lástima y lo peor, lastima.

La gente que ostenta poder deja de entender que lo único que no se puede limitar es la dignidad del trabajo.

Imagen: Prensa Libre (1999)

A la brevedad en el tiempo, y ya en mi oficina recibo una llamada en donde me dicen: “le quieren hablar del Congreso de la República”. Me alegro inmensamente porque aún creía merecer por el trabajo realizado en campaña, atiendo con alegría y me habla una voz femenina que reconozco inmediatamente y dice: “Huguito ¿en dónde te puso el Presidente?” De manera inocente contesto: “en ningún lado”, aquella voz responde con emoción: “jajajajajajajajaja”, y cuelga.

Más despellejado que un pollo no podía estar, pero con la claridad del por qué no haría gobierno, pero, sobre todo, con la gratitud al día de hoy con Dios porque, solo él fue capaz de alejarme de un espacio para el que sin duda no estaba preparado a enfrentar.

Imagen: Archivo personal Hugo Peña

Hoy lo hablo con libertad, sin rencores y con la madurez de los años, pero ese flan del que les hablé al principio, solo fue el inicio de mi carrera y de la lucha próspera de la que ustedes se enterarán a través de este espacio.

El ego en política es el fracaso del resultado, y la envidia el alimento de los que solo saben hacer daño.

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